martes, 6 de enero de 2009

maquillaje


Se levanta de madrugada, va al baño, enciende la luz y se mira en el espejo. Apenas reconoce su rostro bajo la luz tenue de la bombilla. Se toca la cara con los dedos, para asegurarse de que es ella, y el espejo le devuelve su imagen, un reflejo obediente que imita cada uno de sus movimientos.

Coge el lápiz kohl y dibuja de un trazo la línea del ojo, hasta el lagrimal. Negro, cada vez más negro. Adora ver su mirada enmarcada en negro. Se maquilla con sombra negra, que extiende con su propio dedo, es el único color que utiliza. Coge el rimmel y alarga sus pestañas hacia el infinito. Por último, coge el carmín como una autómata y cubre sus labios de un rojo intenso, como sangre que brota de su boca.

Mira de nuevo al espejo y sigue sin reconocerse, cada vez más ajena. Esa extraña del espejo la mira con desidia. Con el dorso de la mano se corre el maquillaje. El rojo de sus labios se extiende hasta las mejillas, el negro de sus ojos llega hasta su sien. Ahora es el principio del desastre. Aquella chica le devuelve una mirada triste. La imagen frente a ella es desoladora. Nota como poco a poco cae en el abismo, y una lágrima negra recorre su cara hasta estrellarse sobre la porcelana blanca del lavabo. Observa cómo se deshace su reflejo, sin intentar consolarlo siquiera.

Después de un rato inmóvil, cierra los ojos, se gira despacio, apaga las luces y vuelve a la cama, sonámbula. A la mañana siguiente, no recuerda nada. Lo primero que hace es desmaquillarse delante de ese mismo espejo, interrogando a su imagen prisionera, con la esperanza de que el reflejo le dé alguna pista sobre lo que hizo anoche.

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